Adiós a una gran Dama

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Columna En la boca del tunel
Columna En la boca del tunel

Por Fernando Jiménez

“Ya no puedo vivir sin él, se fue el amor de mi vida. Si aún existo Fernandito es por mis nietos. Fueron casi 60 años de matrimonio. Cuando le toco su mano, mientras duermo, no la encuentro. La verdad, yo también me quiero morir para estar a su lado”. Fue lo último que me escribió Leonor Luque, esposa de Miguelito Loayza, hace unos días por el inbox, mientras chateábamos por el facebook. Anoche me entero por su mismo muro, una nota que escribe uno de sus nietos. “Hola a todos. Lamento decirles que nuestra abuelita Leito, falleció ayer en la noche. Es un dolor muy grande, pero ahora ya está en paz con el amor de su vida que era su abuelo.

A la familia Loayza – Luque, los conocí en 1980, cuando Pocho (Rospigliosi) me llevó a la casa de ellos en Castelar, a unos 40 minutos en tren desde la Plaza Once en Buenos Aires. Yo era un imberbe estudiante que empezaba a colaborar periodísticamente con Pocho en Ovación. Ese mediodía compartimos un espectacular asado de tira que preparaba Miguelito. Nos tomamos unos cuantos vinos, menos Pocho, porque apenas dos copas y su infaltable Coca Cola. A las 8 de la noche me despedí y Pocho se quedó a dormir. “Para que vas a gastar en hotel si acá te puedes quedar, hay un cuarto para huéspedes”, le dijo Leito.

‘Pocho’ regresó a Lima y yo seguí frecuentando la casa de Miguelito. Me sentía solo, no tenía familia en Buenos Aires, y cada que iba donde ellos la pasaba genial. Mientras Miguel preparaba el asado, me invitaba queso con jamón para picar y tomábamos Gancia Batido, un aperitivo que se toma antes de las comidas. Me gustaba conversar con él. Me contaba cosas increíbles. Leonor preparaba la mesa y se encargaba de las ensaladas. Una gran mujer, muy bonita de cara. Debió haber sido muy bella de jovencita. Pero lo más importante, su buen carácter. Era una mujer muy buena y amaba a su esposo. Eran una pareja de ensueño, realmente. Como muchos matrimonios quisieran ser.

Hace unos cuatro años vinieron a Lima de vacaciones. Fuimos a almorzar junto al “Curita” Fernández, a la casa de Lolito Salazar, veterano periodista que aún vivía, y fue quien le hizo la primera nota a Miguel cuando debutó en el Ciclista Lima. La hija de Lolo había preparado un ceviche riquísimo para la ocasión y nosotros llevamos los helados para el postre. Ese mediodía hablamos de fútbol como locos y me sorprendía que Leonor participara en cada parte de la conversación. ¿Cómo se llamaba mi compañero en River?, le preguntaba Miguel. Y ella respondía con  acierto. Sabía toda la carrera de su esposo.

Les tomé una foto juntos y en la leyenda escribí: Miguelito con el amor de su vida. Hace poco, a raíz de la muerte de Miguel me escribió y me contó algo sobre eso. “Cuando leyó lo que escribiste, Miguel me dijo: Este pibe la tiene clara. Sabe todo lo que nos amamos”.

Me da mucha pena la muerte de Leonor. Siento que se fue una gran mujer, una dama. Aunque sopesa mi aflicción que ya está al lado de su Miguelito. Paz en su tumba.