Por Fernando Jiménez
La magia de la televisión. Nos ubicamos en el palco preferencial para ver la audiencia en la que el Fiscal, José Domingo Pérez pide que se le de 36 meses de prisión preventiva a la lideresa de Fuerza Popular, Keiko Sofía Fujimori. El juez Richard Concepción Carhuancho mira y escucha a la demanda y a la defensa. Se muestra sereno cuando se enfrentan las partes. El país mira envilecido. Se adelanta juicios. Hay diversas opiniones. Hay posiciones encontradas. Los que defienden a ultranza y los que acusan con fiereza. El fútbol queda de lado. Es una audiencia imperdible.
Me transporto al túnel del tiempo y recuerdo cuando estudiaba en la Academia Pre Universitaria “Agronomía” que estaba por la Calle España, cerca de la Prefectura y los cursos eran intensivos. Estudiábamos mañana y tarde. Y en ese lapso de 12 del mediodía a 3 de la tarde nos íbamos con Ringo, mi compañero de estudios, para ver las audiencias del Caso Banchero. Nos dejaban entrar. Solo nos preguntaban si éramos estudiantes de Derecho y les decíamos que nos estábamos preparando. Ringo quería ser abogado, yo tenía otra opción. Por familia debía seguir la tradición de Contabilidad y Administración. Aún no afloraba mi pasión por el periodismo.
Ver a Carlos Enrique Melgar defender a su sobrina Eugenia Sessarego Melgar y Luis Roy Freire, otro abogado de polendas quien era el de la parte agraviada. Era un espectáculo. Ambos, ante la mirada atenta de José Santos Chichizola, el Juez Ad Hoc, que había sido nombrado para el Caso Banchero por el gobierno militar que lideraba Juan Velasco Alvarado. Carlos Enrique Melgar era un show, realmente. Su verborragia, las palabras justas y bien puestas, la energía para fundamentar su férrea defensa a Eugenia era impresionante. Me hice su hincha. Lo llegue a admirar mucho. Fue un abogado notable, realmente.
Hace muchos años, en la década del 90, caminando con Alberto Best Ramos, “Alberita”, por el Parque Universitario, me dice: “Espérame un ratito voy a saludar a mi padrino”. Era Carlos Enrique Melgar. Me acerqué con él y se dieron un abrazo fraterno. Para mí era una emoción indescriptible. Fue como estar al lado de Pelé o a Maradona. Le hice saber mi admiración y le conté pasajes de mi juventud cuando lo veía en las audiencias en Palacio de Justicia. Era un tipo amable, muy fino y educado. Ese día me enteré que había sido abogado de Luis D’ Unián Dulanto, “Tatán”, el más famoso hampón de la década del 50. El que robaba para los pobres, nacido en el barrio de Las Carrozas de los Barrios Altos. Días después, Albera me mostró una foto en la que están los tres posando con ropa deportiva antes de jugar un partido de fulbito.
En eso pensaba, mientras sentado frente a la computadora en mi oficina, miraba la audiencia. Lo observaba detenidamente al juez Richard Concepción Carhuancho, al fiscal José Domingo Pérez y a la abogada de la defensa Giuliana Loza. Tres profesionales de lo mejorcito del país. Me encandila la gente inteligente, con sus razones o sin ellas, la justicia se encargará de dar un fallo justo. El país está en vilo.






















