Por Fernando Jiménez
El 31 de octubre pasado cumplí 40 años en el periodismo deportivo. Mo me siento joven ni viejo. Aunque a veces me pongo a pensar: Son muchos años, me confundo, me entra nostalgia. Río, sonrío. Me divierto, me entristezco. Y me pregunto: ¿Cuántos años pasé las navidades en redacciones periodísticas?. Trato de recordar las más jocosas, las que me provocaron mayor hilaridad. Cuando todos se apuraban en escribir para ir temprano a casa. Para ir temprano al bar y sazonarse, como decían ellos. Llegar picaditos a las 7 de la noche para dormir un rato y levantarse antes de las 12 de la noche para que la patrona no se enoje. Era para reírse. Si habrá decenas de anécdotas.
Recuerdo que en la navidad del 89 nos faltaba cerrar la contraportada en El Nacional que era un diario integral, en el cual teníamos cinco páginas deportivas solamente. Mi jefe era Enrique Roel Miranda. Un hombre adusto por fuera, pero con una chispa impresionante como buen criollo. Tenía un humor negro que a cualquiera sacaba de quicio. Varias trompadas ligó de algunos picones choferes que no le aguantaron sus bromas. Resulta que fuimos a un almuerzo con Enrique y se prolongó hasta el cierre de la tarde. Vasos van, vasos vienen y Enrique me dice: “Llámalo al Gordo Alvarez y pregúntale si se han dado cuenta que no estamos en la redacción”.
Juan Alvarez, quien era redactor de la sección Deportes, me contesta por el teléfono fijo antes no existía el celular. “Tranquilos quédense nomás, dile a Enrique que yo hago la contraportada. Váyanse a su casa de ahí nomás”. Eran las seis de la tarde. Al retornar a la mesa le digo a Enrique. “Dice el gordo que él cierra, que nos quedemos tranquilos”. Se puso contento Enrique. Ese gordito me hace renegar, pero es buena gente. Nos quedamos una hora más y nos fuimos a casa. Al siguiente día, a las 10 de la mañana ya estábamos en la redacción. No había un alma en la calle. Todos dormían re saqueados de la noche buena. Era el 25 de diciembre.
De pronto, Enrique empieza a ojear los periódicos de la competencia y ve la contratapa nuestra de El Nacional. Bramaba de bronca. Se enojó como nunca. “Mira lo que ha puesto este bebón en la tapa. Mira, mira, es increíble. Qué vergüenza. Que dirán los lectores y mis amigos que me paran jodiendo”, decía. Me acerco para ver lo que había puesto Alvarez. Y el título era: FELIZ NAVIDAD. Solo atiné a reírme. ¡De qué te ríes carajo! Me increpó Enrique. Yo seguía riéndome sin hacerle caso. Y él que hacía hígado: “Este bebón cree que somos una tarjeta de navidad y no un diario, dónde carajo habrá estudiado periodismo, quien habrá sido su profesor”. Y yo que me seguía riendo.
Ya se imaginan qué pasó cuando llegó el Gordo Alvarez a la redacción al filo del mediodía. Y todavía con la resaca de la noche buena se acercó a saludar por navidad a Enrique. Ya no aguanté más la risa y me fui al baño. Nunca supe lo que le habrá recriminado Enrique. Hace algunos años murió el gordito. Y quien pagó su cajón y su entierro fue Enrique. Es que él era así. Los renegones son solo eso. El tenía un corazón enorme.























