Por Fernando Jiménez
Lloraba de alegría. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Abrazaba uno a uno a sus jugadores. Han pasado 24 años para que vuelvas a ascender a primera, pensaba. Era Pepe Soto. Logró el objetivo. Carlos Manucci no es un equipo cualquiera. Más que un club es un sentimiento. Pasión de miles y miles de trujillanos que lagrimearon de emoción cuando fue Campeón de la Copa Perú en 1968 y 1969. Sus pocos hinchas en el Grau se enfundaban en un abrazo interminable. Soportaron 90 minutos y solo uno explotaron de emoción y les sirvió de catarsis cuando Ricardo Lagos, de cabeza, anotó el gol que a la postre fue el que le dio la victoria y la clasificación.
En una de las paredes, un hombre nervioso y pensativo, debajo de las cabinas de transmisión, tenía el semblante de preocupación. Cuando Lagos metió el gol, traté de consolarlo y decirle: Gana Cienciano 2-1. Era difícil, pero no imposible. Imaginé cómo se sentiría. La procesión iba por dentro. En ningún momento recriminaba a sus jugadores. Se mostraba impaciente cuando estaban a punto de anotar el empate. El partido seguía intenso. Miraba su reloj. Los minutos avanzaban como reguero de pólvora. Así es cuando se va perdiendo y se entumecen cuando se va ganando y se pegan las saetas. Hay un tiro en el palo. Una tajada haciendo la De Dios de Villasanti a Noronha. Uffff, se escucha en las tribunas.
Kevin Ortega muestra sus cinco dedos al cuarto oficial. Hay cinco minutos más. Cienciano agoniza. Dennis Vargas se para de su asiento y se va. No se despide de nadie. Está triste y dolido, como todo cusqueño. Dos minutos más de adición. La agonía continúa. La muerte se acerca. Llega el final. Kevin toca el silbato y ha fenecido Cienciano. Sergio Ludeña se queda mudo. Mira al vacío. Cuánto dinero invertido, al tacho, al agua. Apostó por su equipo. Hizo lo imposible para estar al día en la planilla. Se acerca Franquito Navarro, hijo, y le da la mano. Franklin Chuquizuta se levanta de su asiento, se va raudo hacia la puerta. Se detiene y también le da la mano. Comprende su dolor, para otra vez será. Yo no lo miro, no quiero mirarlo, respeto el momento.
Debe ser un buen hombre. La gente de Segunda se le acerca y lo consuela. Tiene el rostro demacrado. Pero me sorprende que casi todos los que lo conocen lo consuelen. Deben ser un buen tipo, vuelvo a pensar. No lo conozco personalmente. No es mi amigo, pero admiro su hombría de bien, su seriedad. Más aún porque no brama su bronca como otros y despotrica de sus jugadores, quizás en el interior lo hace y es normal. Un año más en Segunda, Asociación de la cual es presidente. Empiezo a conocerlo por sus actitudes. Le pregunto a uno que está inmerso en Segunda. ¿Qué tal Ludeña?. Es un tipazo. Buena gente, me duele su derrota, me dice.
Así es el fútbol, así es la vida. La Copa Perú y la Segunda División son primos hermanos. Se pelean, se dicen vela verde, pero comparten el sentimiento de marginalidad. La FPF no les da bola. Ya es hora de empezar a dársela. Está en manos de Lozano y ahora sí no hay excusa que valga.






















